Magda Cubel | El duende de la rabia
Las herramientas que son buenas y que aprendemos a usar en un momento dado de nuestro ciclo vital, es probable que no nos sirvan en otro momento del mismo. Empeñarnos en utilizarlas hará que nos sintamos incómodos y que tengamos conflictos internos
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El duende de la rabia

Hace muchos años, en un lugar muy muy lejano, vivía un niño con su amigo: el Duende de la Rabia.

Se organizaban muy bien porque, mientras uno se encargaba de hacer que las cosas funcionen, el otro aportaba protección a la casa.

Un día, por ejemplo, la casa fue atacada por una manada de lobos; y cuando parecía que todo estaba perdido, e iban a derribar la puerta y entrar por las ventanas, el Duende de la Rabia salió con su escudo y su espada, y los alejó a todos con su fuerza, gritos y golpes.

El niño y el Duende de la Rabia vivían en armonía, porque sabían que se entendían y se necesitaban. Si había algún problema entre ellos, se resolvía fácilmente con la palabra.

Sin embargo, un día ocurrió algo terrible: un incendio asoló el bosque y, con él, la casa. Los dos tuvieron que salir corriendo, con lo puesto, dejando todas sus cosas atrás.

Exhaustos y abatidos, llegaron a un lago. El agua y las orillas estaban infestados de cocodrilos. Una voz grave surgió de lo más oscuro del pantano:

—Venid, chicos, venid —retumbó—. Tenemos cobijo y comida para los refugiados del incendio.

El niño y el Duende de la Rabia se miraron.

—Es nuestra única oportunidad de sobrevivir —dijo el niño, aterrorizado—. Estamos cansados, solos y hambrientos. Moriremos si continuamos el camino.

—No me fío de esa voz —respondió el Duende de la Rabia—. Es maligna. Voy a por mi garrote ¡Tenemos que atacar para protegernos!

—¡No lo hagas! Es nuestra única oportunidad para sobrevivir —dijo el niño—. Necesito que te calmes.

—¡¡No me voy a calmar!! —gritó el Duende de la Rabia— ¡Nunca me pidas eso! Yo estoy aquí para protegerte con mi fuerza, mi valor y mi garrote, y nunca bajaré la guardia.

La discusión subió de tono tanto que amenazaba con provocar la ira y el rechazo de los cocodrilos. Asustado, y sin ver otra salida, el niño metió al Duende de la Rabia en su mochila.

—Cállate, por favor —le susurró mientras echaba la cremallera—. Siento lo que te hago, amigo, pero ahora necesito que estés apartado, podrías meterme en un problema.

* La disociación es un recurso excepcional para afrontar situaciones de peligro en las que no es posible la lucha o la huída.

El Duende de la Rabia gritó, se revolvió, pero nada pudo hacer ante la determinación del niño, a quien no podía hacer daño por el cariño que le tenía.

Allí permaneció oculto, pero muy inquieto. A través de la tela podía escuchar las conversaciones que el niño tenía con los cocodrilos, y eso le hacía sentir escalofríos.

—Tranquilo, niño, puedes confiar en nosotros —decían con voz de hielo los cocodrilos—, te daremos refugio hasta que estés fuerte y puedas emprender tu camino.

Al escuchar esto, el Duende de la Rabia se revolvía. Era muy bueno leyendo las intenciones que hay detrás de las palabras, e intuyendo el peligro.

—Niño ¡aléjate de ellos! —gritaba desde lo profundo—. Quieren aprovecharte de ti. Hacerte daño ¡¡Te van a comer!!

En la lejanía, el niño podía escuchar la voz que salía de su mochila. Pero trataba de callarla, haciendo muchas cosas y ruidos fuertes, porque necesitaba ese refugio y ese lugar para sentirse seguro y reponerse.

Le daba tanto miedo perder su refugio, que decidió ignorar las advertencias de su amigo.

Así, empezaron a desconfiar el uno del otro. El niño desconfiaba del Duende de la Rabia porque sentía que su bravura le colocaba en peligro; y el duende empezó a enfadarse con el niño, porque le parecía un tonto y un inconsciente que negaba el riesgo.

Cuanto más alejados estaban más vulnerables se sentían. Se necesitaban el uno al otro para funcionar armónicamente y con seguridad en el mundo.

Un día, cuando estuvo repuesto, el niño emprendió de nuevo el viaje, dejando a los cocodrilos sorprendidos mientras preparaban un curioso guiso sin carne.

Atravesó de nuevo el bosque, y regresó al solar dónde había estado su casa. Allí, con mucha motivación y fuerza de voluntad, construyó una nueva vivienda, mucho más fuerte y resistente al fuego.

Sin embargo, a pesar del grosor de los muros, seguía sintiéndose vulnerable. Su anterior vivienda había ardido, y no se atrevía a abrir la mochila en la que guardaba a su antiguo amigo.

—Si le permito salir, esto va a ser un desastre —se decía—. Va a estar todo el rato recordándome el peligro, y yo lo que quiero y necesito ahora es sentirme seguro y en calma en esta casa tan bonita.

Pero de poco servían sus esfuerzos. Porque el Duende de la Rabia tenía una fuerza sobrehumana y, a nada que encontraba un hueco en la cremallera, lo aprovechaba.

A veces era el olor a leña quemada, otro día un amigo con los ojos especialmente saltones, la visión de unos dientes puntiagudos en la tele o un sencillo peluche con forma de cocodrilo; cualquier cosa que le recordaba al pasado le hacía enfurecer y, a veces, salía de manera descontrolada.

Porque, una vez fuera, intentaba proteger de los peligros que sentía presentes y que el niño entendiera sus motivos.

Rompía, arañaba, pegaba, y cuanto más hacía de las suyas, más esfuerzo tenía que hacer el niño para devolverle a la mochila, lejos de su mirada. Y eso, cada vez, les hacía sentir más lejos entre ellos.

El Duende de la Rabia no entendía que el peligro había pasado, porque nadie se lo había explicado.

El niño fue olvidando el tiempo en que el Duende de la Rabia había sido compañero y amigo, porque ahora lo sentía descontrolado, como el origen de todas sus dificultades.

Pero ninguno sabía que no había más problema que la relación entre ellos.

Magda Cubel Alarcón

Psicóloga clínica Valencia Benimaclet

Centro Psicológico MCA

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