Magda Cubel | Las ranitas en la nata
Tirar la toalla ante las dificultades es una opción fácil y rápida, pero que da pobles resultados; mientras que si nos esforzamos, luchamos y somos constantes, conseguiremos superar nuestras dificultades.
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Las ranitas en la nata.

(Cuentos para pensar)

Yo estaba en época de exámenes. Me había presentado a dos finales y un parcial. La fecha de mi siguiente examen era dentro de una semana y tenía mucho que estudiar.

– No voy a llegar- le dije a Jorge-. Es inútil seguir poniendo energía en una causa perdida. Creo que lo mejor será presentarme con lo que llevo aprendido. Así por lo menos, si me catean no habré desperdiciado toda la semana estudiando.

– Conoces el cuento de las dos ranitas?- preguntó el gordo.

Había una vez dos ranas que cayeron en un recipiente de nata.
Inmediatamente se dieron cuenta de que se hundían: era imposible nadar o flotar demasiado tiempo en esa masa espesa como arenas movedizas. Al principio, las dos ranas patalearon en la nata para llegar al borde del recipiente. Pero era inútil; sólo conseguían chapotear en el mismo lugar y hundirse. Sentían que cada vez era más difícil salir a la superficie y respirar.

Una de ellas dijo en voz alta: “no puedo más. Es imposible salir de aquí. En esta materia no se puede nadar. Ya que voy a morir, no veo por qué prolongar este sufrimiento. No entiendo qué sentido tiene morir agotada por un esfuerzo inútil”.

Dicho esto, dejó de patalear y se hundió con rapidez, siendo literalmente tragada por el espeso líquido blanco.

La otra rana, más persistente o quizá más tozuda se dijo: “¡no hay manera! Nada se puede hacer para avanzar en esta cosa. Sin embargo, aunque se acerque la muerte, prefiero luchar hasta mi último aliento. No quiero morir ni un segundo antes de que llegue mi hora”.

Siguió pataleando y chapoteando siempre en el mismo lugar, sin avanzar ni un centímetro, durante horas y horas.
Y de pronto, de tanto patalear y batir las ancas, agitar y patalear, la nata se convirtió en mantequilla.

Sorprendida, la rana dio un salto y, patinando, llegó hasta el borde del recipiente. Desde allí, pudo regresar a casa croando alegremente.

Jorge Bucay
Adaptado por Magdalena Cubel Alarcón
Psicóloga Clínica de Valencia (Benimaclet)

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